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lunes, 9 de marzo de 2015

Salir del maniqueísmo

Colaboración a Gkillcity, se llamó "Apuntar fuera del maniqueísmo". Tuvo sus lectores pero ningún comentario o pregunta. Creo que aun debo y puedo aterrizar más el estilo. El nombre me pareció feo pero fue sugerido por quienes conocían más a los lectores. Yo quería ponerle algo así como "diferencias entre premodernidad y modernidad (más el subtítulo referente a Lugo)".
Regreso a ese artículo once años después, en 2026, para mejorar algunas de las ideas que traté de expresar.
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Va un nuevo nombre: 
"Salir del maniqueísmo: Propuesta de lectura para salir de de las posturas maniqueas en la discusión pública del Ecuador"
El 22 de febrero, Rafael Lugo publicó un texto en GkillCity.com, donde reflexionaba sobre el dualismo que reina en nuestras formas de pensar y actuar en Ecuador. Mencionó el nivel "maniqueo" en el que se mueven muchas de nuestras opiniones políticas y morales. En este artículo quisiera aportar –a la manera de las preguntas y reflexiones abiertas de Rafael–, con ideas para imaginar de forma más amplia y constructiva el lugar en el que nos encontramos.
Lugo pregunta: “¿Se han puesto a pensar de dónde viene este maniqueísmo horroroso que nos limita casi al nivel de un ladrillo intelectual?”. El escenario que plantea Rafael no es imaginario, sino real y, como tal, algo que toca asumir para poder avanzar. 
Creo que hay muchas maneras de explicar esta postura maniquea, o de extremos, en el Ecuador. Me detendré en una respuesta que apele a la manera en que nos imaginamos y entendemos tomando algunos referentes de la historia de las ideas.[1]
En primer lugar, vale la pena precisar el término. El maniqueísmo fue una religión fundada en el siglo III por Mani, un profeta persa, que concebía el mundo como el escenario de una lucha entre dos principios eternos y opuestos: la Luz y las Tinieblas, el bien y el mal, entendidos como dos realidades con existencia propia. De aquella doctrina nos queda hoy una palabra: llamamos maniqueísmo a la tendencia a dividir el mundo en buenos y malos sin matices, situando el bien siempre de nuestro lado y el mal siempre en el otro.
Para continuar, voy a plantear mi clave de lectura tomando en cuenta la idea de "modernidad" en un sentido histórico-filosófico: o sea, aquel período de la historia posterior al periodo medieval, que se caracterizó por la búsqueda de un pensamiento propio de los seres humanos, que pretendía superar una manera jerárquica, eclesiástica y tradicional de ver a la sociedad (por cierto, me escurro de la idea de posmodernidad, por ahora [2]). 
A. La sociedad política moderna
El paso del período medieval al periodo moderno se caracterizó por algunos cambios clave: 
1) El surgimiento de una nueva comprensión de los individuos que dejaban de ser súbditos para mirarse como ciudadanos iguales en dignidades, deberes y derechos y, por lo tanto, como constructores autónomos de su vida personal y social. 
2) El surgimiento del Estado-Nación, en contraposición a la estructura de poder feudal. Este Estado se concibió como instrumento que garantizaba los derechos y las condiciones para que cada individuo pudiera perseguir su propia idea de vida buena, pero también  como dispositivo que expresaba, de una manera aún poco clara en Ecuador, la identidad general de todos estos individuos como sociedad (puede ser plural, yo creo que lo es) y, 
3) El surgimiento de la esfera pública (esto es, nuevos poderes complementarios y no centralizados, como la prensa, las publicaciones escritas de particulares, tv, internet, etc.) y otras esferas alternativas al poder político formal, relativamente independientes y que, funcionaban a la manera de espacio de discusión sobre la vida de la sociedad y sus metas relativamente comunes, todo ello desde instancias no necesariamente “políticas” que, sin embargo, fungían a la manera de supervisores, críticos o constructores de la dirección de la sociedad.
B. La sociedad política premoderna
A grandes rasgos, la sociedad política premoderna, en cambio, se caracterizó por otro tipo de estructura de carácter vertical y jerárquico. En ella se creía que un poder superior, Dios y el orden querido por él, fungía como estructurador de la vida social y de la identidad: así, los individuos comprendían su vida como girando alrededor de este gran imaginario jerarquico y divino, donde ciertas personas e instituciones representaban terrenalmente a este gran poder –la Iglesia, los reyes, etc–. 
Aquí no había igualdad de estatus: cada cual valía por el lugar que ocupaba en esa escala social (el rey, el noble, el clérigo, el campesino) —y de ese lugar dependía su honor— y, desde el cual, contribuía a la permanencia y estabilidad de este gran orden “natural”. Pretender salir de él, cambiarlo o evadirlo implicaba romper el orden de las cosas lo cual, se concebía, podía quitarnos estabilidad, al alejarnos del favor de Dios. Ése fue el tiempo donde ser hereje era algo muy serio, que podía castigarse con la muerte o el exilio.
Regresando a nuestro terruño
Tomando ese imaginario, podríamos decir que en Ecuador vivimos una transición aún poco clara entre ambas eras: tenemos una mentalidad premoderna en muchos ámbitos (el temor reverencial a las autoridades), pero se cruza con actitudes e instituciones modernas por otro lado (libertad de prensa, estado de derecho, etc).
El problema de todo ello es que nuestra sensación de identidad se mueve entonces entre dos grandes horizontes irreconciliables: o somos hijos de ese orden natural o somos hijos de un tiempo en el que no creemos que tal orden exista, sino que tomamos todo como una creación basada en nuestra capacidad de pensar y decidir por nuestra propia cuenta. Y quizá ahí se gesta nuestro maniqueísmo: vivimos esa tensión como una elección entre dos bandos, cuando en realidad habitamos ambos.
Ante tales cambios, me parece comprensible que nuestra idea de quiénes somos, nuestra identidad personal y política, se sienta sacudida e incluso amenazada.
Poner atención a estas tensiones, creo yo, podría ayudarnos a crear ese lenguaje e imaginación más amplios que necesitamos para entender mejor en dónde estamos y cómo podemos construir lo que queremos durante este perído de incertidumbre.
Mirar nuestra autocomprensión actualn (hasta este título he avanzado en la revisión)
1. En lo relativo a la identidad personal
En la vida contemporánea entendemos la identidad como algo que definimos desde la autonomía: entendemos (o creemos entender) la identidad como algo que definimos a solas, aunque, como recuerda Taylor, nos formamos siempre en diálogo con otros.
Cuando comenzamos a preguntarnos qué quiere decir eso parecemos deslizarnos hacia el relativismo o el individualismo ( “cada uno, cada uno”). Aquí está, creo, una raíz del maniqueísmo: una vez que desapareció este gran horizonte universal de significado pasamos a no tener claro cómo decidir en temas de diferencia moral, eso parece conducirnos a aferrarnos a una u otra postura con radicalidad, todo lo cual redunda en dificultad para discutir temas morales o políticos pues, desde el fin de la creencia absoluta en referentes universales, hemos pasado a una gran diversidad. Ahora nos preguntamos “finalmente, ¿quién tiene la razón?” Para salir del atolladero tenemos que comenzar a estar conscientes de que ya no compartimos un mismo marco absoluto, y que nuestras convicciones necesitan ser articuladas y argumentadas ante otros.
2. En lo relativo a la identidad política 
Ya no tenemos reyes, somos ciudadanos, todo lo cual genera nuevas preguntas. Si todo ciudadano cuenta pero también es diverso cultural e ideológicamente: ¿cómo construimos las líneas generales de nuestra vida política?, ¿por los rasgos históricos del pasado?, ¿por los rasgos ocultos y pisoteados de ese pasado?, ¿quién decide cuál es esta historia?, ¿son varias?, ¿puede haber un suelo común para ellas? si es así, ¿puede ser estática esa historia o se renueva?, ¿se construye sólo desde arriba (desde lo que “nos dan” o “nos quitan”)?, ¿o tal vez podemos jugar algún rol adicional? 
Me inclino por una comprensión activa de la ciudadanía y sus relaciones con el destino de la sociedad, simplemente no creo que si ahora todos somos algo así como adultos modernos todo lo resolvamos SÓLO por grandes aparatos, representación y mayorías puras y simples. 
La modernidad implica un mayor esfuerzo en la construcción de la vida social. Profundizar en qué implica todo esto puede enriquecer nuestra vida política. pero el requisito está en comenzar a comprender que nos hallamos en un mundo que desde hace mucho comienza estar marcado por la diversidad y la formulación de nuevas maneras de vivir la vida social. 
Concuerdo con Rafael. Aquí el maniqueísmo paranoico nos ayuda poco. El mejor paso puede ser una atenta escucha de la diferencia, algo de paciencia, mayor compromiso en la construcción de la vida social y un poco más de humildad. Ya no hay verdades que se impongan desde arriba; hay formulaciones hay formulaciones más o menos efectivas, creencias que orientan y motivan, pero sobre todo un escenario abierto y novedoso en el que la capacidad de hablar y desplegar ideas, sumado de la atención constructiva a la crítica pueden fungir de orientadores y potenciadores de una vida social, política y moral más satisfactoria.
Por lo pronto, estos son mis aportes a las preguntas de Rafael; con el tiempo, espero contribuir más.


[1] Alguien alguna vez decía algo que me parecía muy cierto. A veces este espacio se vuelve un gran alarde de “cultura”. Quisiera ayudar a superar eso. Dejo algunos referentes que me han señalado caminos de imaginación y comprensión más amplia: Charles Taylor, Disenchantment and Reenchantment, Laicidad y libertad de conciencia, La ética de la autenticidad, Democratic Exclusion (and its Remedies?); Benjamin Constant, La libertad de los antiguos comparada con la libertad de los modernos; Isaiah Berlin, Dos conceptos de libertad; Peter Berger, On the Obsolescene of the Concept of Honour. De todos puedo compartir pdf’s, links (Constant está en internet), o tomarme el trabajo de realizar algún escaneado. Sería genial poder comenzar a pensar en un archivo conjunto de las fuentes que utilizamos para las discusiones por acá pero tal vez eso sea motivo de otra conversación en la caja de comentarios.
[2] Conozco menos a quienes sostienen este término. En lo personal creo que los posmodernos enriquecen los problemas de la modernidad pero no lo suficiente para hablar de algo así como un período cerrado.